Este blog es un espacio personal de escritura creativa. Los textos aquí publicados incluyen reflexiones, recuerdos y ficción desde una perspectiva íntima y literaria. No constituyen asesoría profesional.

viernes, 13 de febrero de 2026

Chucho y el Moreno: Crónica de una imaginación tapatía

Acto I – La espera y el calor

La tarde avanzaba lenta, espesa, con ese calor que vuelve todo más intenso en Guadalajara. El aire parecía pegajoso, como si cada movimiento costara más de lo normal. El ventilador giraba con desgano, apenas moviendo la atmósfera cargada. La llamada nunca se concretó. La pantalla quedó en silencio, pero la mente no.

En ese vacío aparecieron Chucho y el Moreno. No como presencias reales, sino como personajes que emergían desde la memoria colectiva. Eran símbolos de la narrativa urbana: cuerpos exagerados, deseos disfrazados de chistes, identidades construidas con humor y con la cadencia de la jerga local.


Acto II – El juego de la imaginación

Chucho, con la sonrisa ladeada y esa voz que mezcla burla y confesión, se acercaba. El Moreno, más callado, lo miraba con intensidad, como si dijera lo que nunca se atrevía a pronunciar. Entre ellos no había transmisión ni testigos, solo la imaginación.

La mente los ponía en un cuarto oscuro, sudando, riendo, discutiendo. A veces se rozaban, a veces se insultaban, a veces se quedaban en silencio. El lenguaje se volvía cuerpo, y el cuerpo palabra. El deseo no era limpio ni ordenado: era sudoroso, contradictorio, lleno de risas que se mezclaban con insultos.

En esa ficción, ser macho o ser j*to no eran categorías fijas, sino máscaras que se ponían y se quitaban según el momento. El calor hacía que las imágenes se volvieran más intensas: sudor en la frente, cerveza tibia en la mesa, reguetón colándose desde la calle. Todo era parte de la escenografía invisible.


Acto III – La ambigüedad del final

La tarde seguía avanzando. Afuera, los vendedores de tejuino gritaban su oferta, los niños corrían detrás de un balón, las vecinas chismeaban desde la ventana. Todo eso se filtraba en la historia, como si el barrio entero fuera parte de la ficción. Chucho y el Moreno no estaban solos: eran parte de un coro más grande, de una narrativa que se construía con cada voz que resonaba en la colonia.

El narrador sabía que nada de eso estaba ocurriendo en realidad. Que la pantalla seguía en silencio, que la llamada nunca se había concretado. Pero también sabía que la ficción tenía su propia verdad: imaginar es, de algún modo, vivir. Los personajes inventados pueden ser tan reales como los que caminan por la calle.

El calor comenzaba a bajar, la tarde se acercaba a la noche. Las sombras se alargaban, y con ellas la sensación de que todo podía transformarse. Chucho y el Moreno se desdibujaban, listos para desaparecer.

El relato no necesitaba un final cerrado. Bastaba con la ambigüedad, con la posibilidad de que en algún momento, en algún lugar, la llamada sí se concrete. Bastaba con la sospecha de que lo imaginado podría convertirse en acto. O quizá no.

Porque al final, lo que queda es la tensión entre lo que fue y lo que pudo haber sido. Entre la pantalla en silencio y la mente desbordada. Entre el calor sofocante de Guadalajara y la frescura de una ficción que se inventa a sí misma. Y en esa tensión, en ese espacio donde nada ocurre pero todo podría ocurrir, se sostiene la verdadera historia.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Himenópteros en penumbra

Bajo la luz ámbar filtrada por cortinas de terciopelo, su silueta se recortaba con una elegancia casi hipnótica. El ambiente vibraba con una tensión suave, como un secreto compartido que no necesitaba palabras.

Cada gesto era contenido, cada mirada prolongada más de lo necesario. El roce de las manos no buscaba prisa, sino intención. Había algo profundamente humano en esa cercanía, una conexión construida a base de silencios, respiraciones compartidas y una complicidad que se desplegaba lentamente, como abejas rondando una flor antes de posarse.

Se movían como si siguieran una melodía invisible, conscientes de cada centímetro de distancia y de todo lo que aún no sucedía. No hacía falta ir más lejos. El deseo, cuando es auténtico, se sostiene solo, como néctar que espera paciente a ser descubierto.

Al amanecer, lo que quedó no fue un recuerdo físico, sino la certeza de haber habitado un instante suspendido en el tiempo. De esos que no se explican, solo se guardan, como el murmullo de un enjambre que se aleja dejando la flor intacta, pero impregnada de su perfume.

martes, 23 de diciembre de 2025

Acusado de asalto: una confusión que no se olvida

Hace 15 años, un día como hoy, cerca de las diez, caminaba como cualquier otro día por Avenida México, casi cruzando para bajar por Terranova. Nada fuera de lo común. El frío apretaba y yo avanzaba con la cabeza en otra parte, cuando una patrulla se detuvo a mi lado.

En cuestión de minutos me pidieron mi identificación, hicieron preguntas que hoy recuerdo a medias y me encontré tratando de entender qué estaba pasando. No opuse resistencia. No tenía nada que ocultar. Aun así, me dijeron que alguien con mi descripción había sido señalado por un asalto.

La palabra se quedó flotando en el aire, absurda. Yo solo pensaba: no tiene sentido.

Me esposaron y me llevaron unas cuadras más adelante. Allí, una persona me señaló como el supuesto responsable. Yo estaba completamente desconcertado. Repetía lo único que era verdad: no había sido yo. No había persecuciones, no había confrontaciones, no había nada de lo que se me acusaba.

Después de conversaciones confusas y explicaciones que no terminaban de cuadrar, todo se deshizo como había empezado. Me dejaron ir. Volví a casa con las manos libres, pero con la cabeza hecha un nudo.

Nunca supe si fue un error, una descripción apresurada o simplemente una cadena de malas decisiones. Tampoco busqué responsables. Lo único real fue la sensación que quedó después: impotencia, nervios, esa fragilidad que aparece cuando entiendes lo fácil que es quedar atrapado en una historia que no es tuya.

Al final, no pasó nada más. No hubo consecuencias legales ni mayores complicaciones. Solo una experiencia que me recordó lo vulnerable que puede ser uno en el lugar y momento equivocados.

Diciembre tiene esa fama extraña de cargarlo todo de peso emocional, y supongo que esta fue una confirmación más. Hoy lo cuento con distancia, con algo de ironía incluso, pero en su momento no fue ligero.

Ojalá nadie tenga que pasar por algo así.

No todo asalto ocurre en la calle; algunos suceden en la memoria.